Aceite de palma, el nuevo “chico malo” de la alimentación

Resumen: Desde las galletas, pasando por el lápiz labial y hasta la pasta de dientes, se estima que el 50% de los artículos envasados que compramos en nuestros supermercados contienen aceite de palma y luego de la reciente alerta de la OMS acerca de sus riesgos a la salud, vale la pena explorar los riesgos a los que nos sometemos al ingerirlo varias veces al día.

Cuando se trata del grupo de los lípidos, es importante saber que no todos los aceites y grasas vegetales son iguales, ni mucho menos sus efectos sobre la salud de los consumidores. Mientras algunos tienen un perfil que podría definirse como saludable, el consumo de otros está asociado al incremento del riesgo de padecer diversos trastornos nada deseables. Con el caso del aceite de palma ocurre una “doble carga” pues los hallazgos asociados con el impacto ambiental que ha producido su explotación, especialmente en los bosques de Indonesia y Malasia es inconmensurable y en muchos lugares irreversible.

Una gran proporción del aceite de palma se produce a expensas de la biodiversidad y los ecosistemas en los países donde se produce. En la actualidad, un tercio de todas las especies de mamíferos en Indonesia se considera que está en peligro crítico como consecuencia de este desarrollo insostenible que está invadiendo rápidamente su hábitat.

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Aunado a lo anterior, existen serias preocupaciones acerca del impacto social de la producción de este aceite, que está asociado a la apropiación de tierras pertenecientes a pueblos indígenas, ya que los fabricantes a menudo expulsan de sus territorios a comunidades autóctonas, generando conflictos y serias violaciones de los derechos humanos en las plantaciones por la vía de abusos laborales, trabajo infantil y forzoso en Indonesia.

Para mi, esto sería una razón más que suficiente para declarar un rotundo rechazo a los productos que lo contienen como parte de sus ingredientes, no obstante, a esta tragedia debemos sumar sus efectos negativos sobre la salud, causado en buena parte por su perfil en ácidos grasos saturados, especialmente el acido palmítico, que desde hace mucho tiempo ha sido considerado como poco saludable y por lo tanto poco recomendable.

A principios del siglo XXI las organizaciones internacionales que se dedican a la investigación, recomendaron eliminar las grasas animales por ser perjudiciales y la industria la sustituyó por grasas vegetales hidrogenadas o trans. Más tarde encontraron que las “grasas trans” tenían efectos cancerígenos y fueron rápidamente sustituidas por grasas vegetales como el aceite de palma, y recientemente se ha encontrado que esta tampoco es una alternativa saludable. Los expertos aseguran que si hay otras opciones, pero son mucho más caras y perjudican la rentabilidad del negocio.

Así que si no quiere ser nuevamente acusado por la industria al ser el único responsable de sus patologías, sobrepeso y las complicaciones asociadas, creo que va siendo hora que comience a elegir de manera más asertiva lo que se lleva a casa y comparte con su familia.

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El asunto se complica cuando miramos la larga lista de productos que lo contiene. Las grandes empresas de alimentos y cosméticos han utilizado el aceite de palma como parte de sus formulaciones desde hace décadas, basados en su bajo costo, rendimiento y unas insuperables características organolépticas que le permiten diversificar y mantener en condiciones óptimas una amplia gama de productos. Los fabricantes declaran que el aceite de palma aporta consistencia, untuosidad, da un toque crujiente, también alarga la vida útil del producto y evita que se deteriore visualmente. Se ha intentado sustituir, pero no se ha podido!

Así que de nuevo… si se enferma, si aumenta de peso, si sufre de enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión, la responsabilidad es absolutamente suya, al comer demasiadas papitas, ponquecitos, cepillarse los dientes y hasta por usar champú y jabón diariamente. ¿Qué le parece?

En este momento te invito a revisar todos los productos que tienes en la alacena. Como sucede con el azúcar, el aceite de palma tiene “primos” que pueden hacerte creer que no es lo mismo, así que mira estos otros nombres con los que puedes detectar si lo que comes tiene o no este polémico ingrediente:

  • Aceite de palma
  • Aceite de palmiste
  • Grasa vegetal (palma)
  • Grasa vegetal fraccionada e hidrogenada de palmiste
  • Sodium Palmitate
  • Estearina de palma (Palm stearin)
  • Palmoleina u Oleina de palma (Palmolein)
  • Manteca de palma
  • Elaeis guineensis (nombre científico de la palma aceitera)

Sin ánimos de satanizar a las marcas, creo que es muy importante que usted reconozca las letras pequeñas del contrato que firma con el fabricante cuando paga por sus productos. La OMS ya se ha manifestado y recomienda ingerir menos del 50% de las grasas diarias en forma de aceite de palma y sus sucedáneos. Es un buen comienzo, llevar a la mitad lo que consume ahora de productos procesados y sustituirlos por alimentos frescos.

Luego de la sonada polémica con la célebre marca de crema de chocolate y avellanas, los consumidores hemos tenido oportunidad de despertar a la realidad y mirar con detenimiento las etiquetas de los productos que tenemos en la alacena para descubrir que estamos ciertamente rodeados de los “chicos malos”: azúcar, aceite de palma y sodio en cantidades poco aconsejables. Queda en sus manos la decisión, con argumentos suficientemente sólidos como para justificar un cambio en sus patrones de alimentación, en congruencia con los valores sociales que seguramente compartimos.

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@cocinasegura